sábado, 5 de marzo de 2011

Marina Burana. Artículo





LA MUJER

    A veces la mujer siente esa necesidad de ser mujer, de expandir su belleza, su éxtasis corpóreo de vida en el mundo.

    Siente el lujo de su cielo, le quema la sangre de su género. Voraz busca la poesía de sus años, la reliquia de su misterio audaz y siempre oculto. Hurga como tigresa hambrienta y peleadora los infinitos universos de su alcurnia femenina. Sale al mundo devoradora, rústica, corrosiva.

    Voluptuosa prostituye su encanto o lo hace bálsamo inalcanzable. Todo es válido, por su hermosura, por su naturaleza única e irredenta. Todo se le termina perdonando a su hambre suave e impaciente.

    El hambre, que es su hombre, o el hombre que es su hambre, está a la espera de su magia, atento (aunque no lo diga) a su presencia montaraz y altiva.
Porque en su sangre hay selva y vida, fuego y frío. Y su hambre o su hombre en esa -que llaman- viril valentía, la ansía cercana y fuerte, púdica y bravía.

    La mujer sabe de dolores, de profundas capitulaciones, de héroes perdidos.
La mujer (esa que impulsa su nombre) sabe de oquedades lúgubres y eternas.
Sabe del sexo de reyertas, del amor pálido y del otro, ese que sólo a veces existe.

    Conoce la piel del olvido, el perdón de su vientre materno. Y aunque hiriente y herida, siempre a su niña dormida vuelve.

    La mujer (la mujer de mujeres) conoce el tedio de la soledad y no se lamenta. Conoce el amargo poema del tiempo, el miedo a la mustia vida que desgaja su joven gesta. Y sabe, más que todo, a dónde volver cuando así el sino lo requiera.


Marina Burana.
(Desde China)

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